20/10/2006

Una gota de lluvia…

Posted in Mis Relatos a 12:17 pm por interloper

… cae sobre su mejilla, y resbala hasta la barbilla. Le gusta la sensación, el agua fría deslizándose hacia abajo, templándose en su camino, hasta llegar a su meta. A su alrededor, la gente pasa resguardándose bajo los paraguas, o enfundados en impermeables, corriendo de un lado a otro, para no mojarse. Pero a él le gusta esa sensación, y avanza despacio, sin prisa alguna, puesto que no va a ningún lugar. Simplemente, contempla el mar de tela y plástico en que se ha convertido la calle, y en algún lugar de su interior, se ve a sí mismo surcándolo y llegando a alguna costa lejana, en algún continente desconocido, fueza del alcance de todo problema. De nuevo, la lluvia sobre su cara ayuda a fomentar esa sensación.

Una hora antes, mientras andaba inquieto por casa sin saber qué hacer, había empezado a escuchar un ruido sordo e irregular golpear su ventana. El parte del tiempo había anunciado un nuevo frente frío, acompañado por chubascos ocasionales. Cuando descorrió las cortinas, descubrió que el servicio meteorológico, por una vez en la vida, no se había confundido. De repente, una idea fugaz había cruzado su mente: Tenía que volver a empezar, olvidarse del pasado, y rehacer su vida. Y en ese mismo momento había decidido que hoy sería el día, y ésta, la hora. Lentamente, aunque con el corazón palpitando con fuerza, se vistió con lo primero que encontró en su armario, y salió a la calle.

Cuando termina de llover, y ya solo las últimas gotas de humedad flotan en el aire, decide volver a casa. Al entrar, la corriente hace que la puerta se cierre de golpe, y un deja-vu acude a su cabeza, como tantas otras veces. Pero en esta ocasión, todo tiene un significado distinto. Esta vez el portazo se lo da a su último mes, a su desánimo, y a su desazón. Pronto, comprende que, a través de ese inesperado paseo, ha provocado la primera herida a la rutina que había dirigido su existencia en esta última época, y que esta vez, lo que se cerraba era un ciclo espiral descendente.

Como el agua de lluvia a través de un desague.

14/10/2006

Ven a por ellas.

Posted in Dientes de Engranaje a 12:41 am por interloper

O una historia de valor en defensa de un ideal.

Otras épocas, otras motivaciones, otros valores.

En el año 480 A.C., la cuna de la civilización occidental se tuvo que enfrentar a una de sus mayores amenazas: mientras las distintas polis vivían enfrentandose casi de continuo las unas a las otras, un extremadamente numeroso ejército avanzaba con la intención de conquistar todo el mundo conocido: Bajo las órdenes del emperador Xerxes I de Persia, entre medio millón y dos millones de soldados se dirigían a Grecia con la intención de apoderarse de todo lo bañado por el sol.

Fue entonces cuando los griegos se dieron cuenta de que su única opción de supervivencia residía en entretener al ejército persa durante el tiempo suficiente para que las distintas ciudades tuviesen tiempo de unir fuerzas contra el enemigo común. Para esta tarea, ningún pueblo mejor que el Lacedemonio, los Espartanos.

Educados para la guerra desde el nacimiento, 300 señores (varones con hijos varones, para que de ese modo el linaje de sangre no se perdiese), entre los que se encontraban algunos de los más sobresalientes guerreros espartanos, como Dienekes o su rey Leónidas I, fueron escogidos con instrucciones claras: Resistir y Morir. No ceder ni un metro de terreno hasta que la parca les reclamase.

Así, los 300 espartanos, acompañados de en torno a 6500 soldados griegos más, marcharon a las Termópilas, un paso estrecho que recibe su nombre por los diversos manantiales de aguas termales que hay en la región, y allí plantaron cara a un ejército centenares de veces superior en número a ellos. Durante siete días (tres de ellos de intensa batalla), los helenos lograron retener al ejército persa, provocándoles más de 25000 bajas. Tiempo suficiente para que, tras ellos, el resto de la península griega tuviese tiempo a reorganizarse.

Durante siete días, un puñado de hombres que conocían su final lucharon por sus ideales, lucharon por la permanencia de aquello que ellos consideraban justo. Durante siete días, un ejército de hombres cuyo rey era considerado un hombre más, con las mismas obligaciones y derechos, que siempre se lanzaba en primera fila de combate, hombro con hombro con sus compatriotas, plantó cara a una masa de soldados-esclavo, dirigidos por quien se consideraba un ser superior, y contemplaba el combate desde la lejanía. Tres días de combate durante los cuales la tiranía y la opresión se encontraron cara a cara con el paradigma de democracia, durante los cuales hombres valientes dieron su vida por defender un ideal.

Sin segundas intenciones, sin pretensiones ocultas, sin pensar en obtener un beneficio personal de todo ello, ni enriquecerse a costa de nadie. Sin falsas máscaras ni subterfugios. Me pregunto a veces si hoy en día quedará alguien así, si alguna vez encontraremos otro ejército lacedemonio que nos salve del Xerxes de nuestro siglo.

Y me cuestiono si en alguna ocasión podré llegar a aproximarme a esos valores por lo que, hace ya más de dos milenios, trescientos de los mejores guerreros del mundo dieron su vida.

01/10/2006

El problema…

Posted in Mis Relatos a 12:37 pm por interloper

…estaba claro: había bebido demasiado.

Tirado en la boca de un callejón, contemplaba el brillante mundo nocturno que giraba veloz a su alrededor. Seguía con mirada vidriosa a pequeños grupos de universitarios que, animados por un par de copas de más, reían a carcajada limpia al pasar a su lado. Observaba a almas solitarias que surcaban veloces la noche, ansiosos por alcanzar la compañía que sin duda se hallaba en su destino. Trataba de fijar su dispersa atención en parejas que, arrimándose entre sí, trataban de resguardarse del frío que se filtraba por sus chaquetas.

Y era este último tipo de gente la que más daño le hacía.

Hasta aquella misma tarde, él podría haber sido uno más de los miembros de esos binomios que, felices, pasaban ahora frente a él. Hasta aquella misma fría tarde de enero habría sido él quien, a la vista de un tipo como el que él mismo se había convertido, acercaba a Belén un poco más hacia si mismo en un gesto protector. Pero ahora miraba al espejo del tiempo desde el otro lado, observando lo que fue y contemplando cómo todo aquello se marchaba como una hoja arrastrada por el agua de un arroyo.

Se puso de pie y comenzó a andar sin rumbo fijo, hacia donde sus tambaleantes pasos le llevasen. A su alrededor, un mundo estable, afianzado y seguro de si mismo, de sonrientes carteles publicitarios que anunciaban decenas de innecesarios artículos, de coches que herían veloces la noche y de peatones demasiado sumidos en sus propios asuntos, le contemplaba con superioridad. Un mundo al que, hasta esa misma tarde había pertenecido, y del que había caído cuando Belén le abandonó. Al llegar a un diminuto parque perdido de la mano de Dios (maldito sea, allá donde esté) se dejó caer de rodillas en el cesped, cerca de unos jóvenes que hacían botellón mientras discutían los últimos problemas que su proyecto de fin de carrera les estaba dando.

Agarrándose el estómago con las manos, vomitó las dos botellas de wiskey que se había bebido: tanto la que encontró en el mueble-bar de su apartamento, cuyo casco ahora yacía en el suelo hecho añicos, como la que compró en la primera licorería junto a la que pasó. Sirviendo de abono para las plantas quedaron también las tres latas de cerveza del supermercado, y sus lágrimas, que habían rodado por sus mejillas hasta ceder al tirón de la gravedad. En su boca solo quedaba el amargo sabor no del vómito, sino del “Adiós” que Belén le dijo antes de dar por finalizada la discusión con un sonoro portazo. Una amargura que no venía de sus papilas gustativas, sino de lo más profundo de su alma.

El problema estaba claro: no había bebido lo suficiente.