26/04/2009
El guerrero…
… permanecÃa con una rodilla en el suelo. El repiqueteo constante de la lluvia sobre su castigada armadura constituÃa una especie de mantra que le permitÃa concentrarse en la plegaria que elevaba a sus ancestros.
[Un relámpago surca el oscurecido cielo, el campo de batalla se ilumina. A un lado, el ejército, a la espera, convencido de su victoria. Al otro, el guerrero, la cabeza gacha, los ojos cerrados]
Cuando la plegaria terminó, el guerrero se incorporó y tomó aire. La muerte se mezclaba con el olor del barro removido por los pies del ejército. Durante un instante, el universo entero pareció contener la respiración, mientras el guerrero levantaba la cabeza y abrÃa los ojos. Solo después el cielo tuvo el valor suficiente para detonar el trueno. La duda encontró, momentáneamente, un lugar en la mente de parte del ejército, que no supo decidir si la tierra habÃa temblado a causa del trueno, o ante la determinación del guerrero, que ahora desenfundaba su espada.
Algunas de las heridas del guerrero ya se habÃan cerrado. La mas reciente todavÃa dejaba escapar sangre que corrÃa libre por su pierna derecha y se mezclaba con la tierra húmeda bajo sus pies. La armadura habÃa recibido tantos embistes que apenas se ajustaba ya a la forma del pecho del guerrero, pero seguÃa ejerciendo su función. A su espalda, el estandarte de su familia todavÃa ondeaba al viento, desafiando al ejército.
[Cae siete veces, levántate ocho]
Los oponentes se midieron durante un instante. Sabiendo que no habÃa nada que perder, el guerrero se lanzó a la carrera. Poco a poco al principio, y cada vez mas rápido.
[Trescientos metros.]
El casco se movÃa, entorpeciendo su visión, ocultando por momentos secciones del ejército, que empezaba a agistarse, en respuesta al movimiento del guerrero.
[Doscientos metros.]
Las placas de su armadura chocaban entre sà ritmicamente, cada vez mas rápido. Las gotas de agua resbalaban por el filo de la espada y escapaban por la punta. Los pies chapoteaban en el terreno húmedo.
[Cien metros.]
El ejército se preparó, las primeras filas afianzaron como pudieron sus pies en el barro, y levantaron sus armas. Solo tenÃan que esperar a que el guerrero se lanzase hacia su propia muerte.
[Cinco metros.]
Nada tenÃa ya marcha atrás. Tensando todos los músculos de su cuerpo, el guerrero saltó hacia delante, levantó la espada sobre su cabeza, y se preparó para descargar todos los golpes posibles antes de morir. Cuando estaba en el aire, llenó de aire sus pulmones y gritó. En ese mismo instante, un nuevo trueno, mucho mas potente que el anterior, ensordeció al ejército. No hubo relámpago previo.
Aquellos que en ese momento miraban al guerrero se encontraron no con la figura orgullosa pero agotada que habÃa corrido hacia ellos, sino con el espÃritu del verdadero Dios de la Guerra. Y supieron que no tenÃan ninguna posibilidad de vencer.
20/10/2006
Una gota de lluvia…
… cae sobre su mejilla, y resbala hasta la barbilla. Le gusta la sensación, el agua frÃa deslizándose hacia abajo, templándose en su camino, hasta llegar a su meta. A su alrededor, la gente pasa resguardándose bajo los paraguas, o enfundados en impermeables, corriendo de un lado a otro, para no mojarse. Pero a él le gusta esa sensación, y avanza despacio, sin prisa alguna, puesto que no va a ningún lugar. Simplemente, contempla el mar de tela y plástico en que se ha convertido la calle, y en algún lugar de su interior, se ve a sà mismo surcándolo y llegando a alguna costa lejana, en algún continente desconocido, fueza del alcance de todo problema. De nuevo, la lluvia sobre su cara ayuda a fomentar esa sensación.
Una hora antes, mientras andaba inquieto por casa sin saber qué hacer, habÃa empezado a escuchar un ruido sordo e irregular golpear su ventana. El parte del tiempo habÃa anunciado un nuevo frente frÃo, acompañado por chubascos ocasionales. Cuando descorrió las cortinas, descubrió que el servicio meteorológico, por una vez en la vida, no se habÃa confundido. De repente, una idea fugaz habÃa cruzado su mente: TenÃa que volver a empezar, olvidarse del pasado, y rehacer su vida. Y en ese mismo momento habÃa decidido que hoy serÃa el dÃa, y ésta, la hora. Lentamente, aunque con el corazón palpitando con fuerza, se vistió con lo primero que encontró en su armario, y salió a la calle.
Cuando termina de llover, y ya solo las últimas gotas de humedad flotan en el aire, decide volver a casa. Al entrar, la corriente hace que la puerta se cierre de golpe, y un deja-vu acude a su cabeza, como tantas otras veces. Pero en esta ocasión, todo tiene un significado distinto. Esta vez el portazo se lo da a su último mes, a su desánimo, y a su desazón. Pronto, comprende que, a través de ese inesperado paseo, ha provocado la primera herida a la rutina que habÃa dirigido su existencia en esta última época, y que esta vez, lo que se cerraba era un ciclo espiral descendente.
Como el agua de lluvia a través de un desague.
01/10/2006
El problema…
…estaba claro: habÃa bebido demasiado.
Tirado en la boca de un callejón, contemplaba el brillante mundo nocturno que giraba veloz a su alrededor. SeguÃa con mirada vidriosa a pequeños grupos de universitarios que, animados por un par de copas de más, reÃan a carcajada limpia al pasar a su lado. Observaba a almas solitarias que surcaban veloces la noche, ansiosos por alcanzar la compañÃa que sin duda se hallaba en su destino. Trataba de fijar su dispersa atención en parejas que, arrimándose entre sÃ, trataban de resguardarse del frÃo que se filtraba por sus chaquetas.
Y era este último tipo de gente la que más daño le hacÃa.
Hasta aquella misma tarde, él podrÃa haber sido uno más de los miembros de esos binomios que, felices, pasaban ahora frente a él. Hasta aquella misma frÃa tarde de enero habrÃa sido él quien, a la vista de un tipo como el que él mismo se habÃa convertido, acercaba a Belén un poco más hacia si mismo en un gesto protector. Pero ahora miraba al espejo del tiempo desde el otro lado, observando lo que fue y contemplando cómo todo aquello se marchaba como una hoja arrastrada por el agua de un arroyo.
Se puso de pie y comenzó a andar sin rumbo fijo, hacia donde sus tambaleantes pasos le llevasen. A su alrededor, un mundo estable, afianzado y seguro de si mismo, de sonrientes carteles publicitarios que anunciaban decenas de innecesarios artÃculos, de coches que herÃan veloces la noche y de peatones demasiado sumidos en sus propios asuntos, le contemplaba con superioridad. Un mundo al que, hasta esa misma tarde habÃa pertenecido, y del que habÃa caÃdo cuando Belén le abandonó. Al llegar a un diminuto parque perdido de la mano de Dios (maldito sea, allá donde esté) se dejó caer de rodillas en el cesped, cerca de unos jóvenes que hacÃan botellón mientras discutÃan los últimos problemas que su proyecto de fin de carrera les estaba dando.
Agarrándose el estómago con las manos, vomitó las dos botellas de wiskey que se habÃa bebido: tanto la que encontró en el mueble-bar de su apartamento, cuyo casco ahora yacÃa en el suelo hecho añicos, como la que compró en la primera licorerÃa junto a la que pasó. Sirviendo de abono para las plantas quedaron también las tres latas de cerveza del supermercado, y sus lágrimas, que habÃan rodado por sus mejillas hasta ceder al tirón de la gravedad. En su boca solo quedaba el amargo sabor no del vómito, sino del “Adiós” que Belén le dijo antes de dar por finalizada la discusión con un sonoro portazo. Una amargura que no venÃa de sus papilas gustativas, sino de lo más profundo de su alma.
El problema estaba claro: no habÃa bebido lo suficiente.
